Trance y éxtasis

Las técnicas que nos inducen al trance suelen favorecer la trascendencia momentánea de la visión dual del ego, alterando nuestras percepciones y modificando la conciencia hacia otros niveles más profundos y sutiles. Con el trance rompemos la frontera entre lo tangible y lo intangible, entre lo profano y lo divino. La alteración del estado ordinario de conciencia constituye la esencia del trance o éxtasis, dependiendo del nivel de profundidad y disolución del ego que se alcance en la experiencia. La palabra «trance» proviene del francés transe, de transir, y ésta, a su vez, del latín transire, que significa «pasar de un lugar a otro.” Y la palabra «éxtasis» procede del término griego ektasis, que significa “desplazarse, alejarse de los sentidos”.

Por lo tanto, podemos considerar al trance y al éxtasis como el paso de un estado ordinario de la conciencia a otro diferente. Resultando una incursión en lo desconocido  y oculto de la naturaleza –tanto en el mundo interno como externo–, pudiendo alcanzar los más profundos y sutiles niveles de lo sagrado o numinoso conocidos como trance extático o éxtasis místico. Michael Harner, en su clásico libro Alucinógenos y chamanismo, define como uno de los aspectos más típicos de la experiencia chamánica el cambio a otro estado de conciencia: el trance, durante el cual el chamán siente como si hubiera emprendido un viaje.

Por medio del trance se descubre un mundo diferente, que no es ni privado ni limitado, sino transpersonal y lleno de significado: un mundo extraordinario y sagrado. A través del trance uno se desliga del tiempo ordinario y discursivo y accede al Gran Tiempo, el tiempo de los orígenes, considerado por las tradiciones como sagrado. Toda incursión o manifestación de lo sagrado es una hierofanía, como son las experiencias de carácter extático o místico.

Al trance debemos considerarlo como un despertar a otro nivel de la realidad, es una ampliación de la conciencia o, dicho de otro modo, un enfoque o desplazamiento focal de la conciencia. Será nuestra preparación y entrenamiento lo que nos posibilitará el estar plenamente conscientes durante la incursión a esa realidad que permanecía invisible. En los trances de posesión y los mediúmnicos no se suele estar consciente y sólo ocasionalmente se suelen recordar posteriormente. Muchos de estos casos, en los que el individuo no es consciente de lo que ocurre en el trance se consideran estados patológicos.

Tecnologías del trance chamánico

El trance es un «despertar», una trascendencia de ceguera ejercida por el ego, que nos descubre otros aspectos del mundo, infinitamente más amplio. La conciencia se expande durante el estado de trance, intentando llegar al origen del mundo: nuestro propio origen. Nos brinda la oportunidad del renacimiento. Después de una profunda experiencia extática, nunca más volveremos a ser como éramos antes. Encontrar nuestras más profundas y verdaderas raíces nos dota de un gran sentido acerca de nuestra vida; sabemos de dónde venimos y a dónde vamos. Nos sentimos fluir con el universo, nuestra vida empieza a organizarse como si encajara en un plan más amplio. Para un chamán, habremos «recuperado nuestra alma».

Los chamanes y místicos cuentan con un gran conjunto de recursos para permitir el acceso a esa otra realidad del trance por medio del ayuno, la privación del sueño, la fatiga, la danza, la música, el canto, las temperaturas extremas, las plantas de poder o el dolor extremo. En muchos casos, el chamán utiliza la combinación de varias técnicas. En el proceso de autopoiesis que yo ofrezco, usamos la respiración chamánica o aliento vital para alcanzar el trance consciente.

El ego siempre busca experiencias «light», que no supongan esfuerzo, y el trabajo con trances y catarsis requiere de un considerable impulso y coraje. Es el camino del héroe que se adentra en lo desconocido. La mayoría de las filosofías y psicologías de la «Nueva Era» ofrece modos de seguir más cómodamente en el sueño del ego y enseñan cómo sentirse mejor dentro de la ilusión de la vida, mientras que las disciplinas auténticamente espirituales enseñan cómo atravesar ese sueño aunque suponga algún esfuerzo.

El vuelo del alma

La noción de existencia de un principio vital que trasciende al cuerpo es fundamental en todas las culturas ancestrales. La existencia de un alma y su vida después de la muerte es la base de toda filosofía espiritual tradicional. Donde quiera que exista una creencia en el alma, se encuentra también la noción paralela de que el alma se puede separar del cuerpo –y del ego–, y de que tiene independencia propia.

La experiencia de estar fuera del propio cuerpo físico puede manifestarse en todos los estados alterados de conciencia. En el mundo existe un consenso bastante generalizado sobre la apariencia del alma o espíritu. La palabra latina para «alma», anima, viene del griego ánemos: viento. Y la palabra «espíritu» procede del latín spiritus, que también significa viento.

En la experiencia extática de la ascensión, se equipara la salida del alma con el vuelo. Para que el vuelo sea posible no ha de existir «carga» alguna. Todos nuestros apegos al mundo terrenal constituyen una carga o lastre que implica un vuelo difícil o ni siquiera poder «despegar». En la medida en que nos libremos de la carga de los deseos, apegos y creencias limitadoras, que son la base estructural del ego, podremos alcanzar mayor profundidad y sutileza en el estado de trance.

Con la respiración chamánica purificamos todo lo que no nos sirve y lo empleamos como «combustible» para mantener el estado de trance. Así despertamos del sueño de Matrix (metáfora cinematográfica sobre la ilusión de la realidad) y podemos profundizar en nosotros mismos, alcanzando nuevos niveles de conciencia y apreciación del mundo. El alma vuela en su propio terreno.

Para acceder a los niveles más sutiles y sagrados de la naturaleza, la llamada ascensión a las regiones celestes, se ha de efectuar una mutación ontológica en el ser humano. El vuelo o viaje –el trance– constituye un acto de trascendencia de la condición que consideramos «normal» o profana del ser humano. El místico cristiano San Juan de la Cruz escribió cómo, cuanto más se aparta el hombre de las cosas terrenas, tanto más se acerca a las celestiales y más allá en Dios. Cuando percibimos la otra realidad detrás de la aparente, el mundo simbólico se nos hace accesible.

El mundo simbólico

Los trances chamánicos con respiración consciente ofrecen una aproximación simbólica o arquetípica a la experiencia interna. Aportan un contexto más amplio para el crecimiento y evolución personal. De ahí los mitos y símbolos de tantas culturas que establecen un puente entre el mundo interno y externo. El arquetipo del héroe que ha de superar determinadas pruebas es cada una de las personas que habitan el mundo.

El Libro de los muertos egipcio muestra el simbolismo del alma-ave como un halcón. El simbolismo del alma-ave nos remite a la transición entre la materia y el espíritu. Nos transmite la cualidad de ligereza, de aligeramiento y de libertad. El alma-ave que surca el aire, el inmenso espacio inhabitable que tan sólo puede ser transitado, siendo la esencia del movimiento constante, del viaje infinito hacia lo más elevado de la existencia. El elemento aire nos impele a la infinidad de rumbos. Constituye un símbolo inigualable de libertad. Lo multidireccional analógicamente se puede equiparar a lo multidimensional. Y la fuerza que nos mantiene en el aire es el poder de la voluntad. Un ejercitar constante de la voluntad y atención plena, de recordarnos quiénes y qué somos nos mantendrá en vuelo y nos dotará con una dirección correcta. Esta fuerza de voluntad que supera la «fuerza de la gravedad», es la fuerza del espíritu.

Otro ejemplo simbólico es Quetzalcoalt, «la serpiente emplumada» que simbolizaba para los aztecas precolombinos la trascendencia del mundo horizontal, terrestre o profano de la serpiente hacia el mundo sutil y vertical de elemento aire, representado por las plumas de un pájaro. El destino de la evolución humana es el sendero de la trascendencia hacia el mundo espiritual, como ya apuntaban los aztecas, era el de convertirnos en Quetzalcoalt.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

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