En la naturaleza todo evoluciona en conjunción con el medio en que se desenvuelve. Nosotros debemos recuperar esa capacidad de sincronizarnos con la naturaleza y al cooperar con ella estaremos de nuevo en el camino de la evolución natural. Sea nuestra nación una democracia, una monarquía, una oligarquía o una república, hemos sustituido la intención primaria de los fundadores de un país por sistemas de gobierno basados en el ego.

Desde mi punto de vista, un líder es sólo un reflejo de la conciencia del pueblo. Por lo tanto, ese líder sólo podrá ser tan válido y justo como lo sean las personas a las que sirve. Los malos líderes están ahí para hacernos reflexionar y pasar a la acción. Cuando vemos algo que no nos gusta en nuestros líderes, es para mostrarnos justamente eso que debemos reconocer y transformar en nosotros mismos.

Es difícil reconciliar las fracciones que nuestro sistema político actual crea. La política es algo que debe unir a las personas, sin embargo podemos apreciar que tiende a potenciar el efecto opuesto. Muchas personas sienten que tienen que escoger un bando y que una vez que lo han hecho su compromiso debe mantenerse firme, independientemente de las personas que su partido nombra o de la política que propone. Cada grupo político que existe hoy en día define su posición basándose en ideas opuestas a las de otros partidos, mientras que las soluciones reales se encuentran a menudo en lo que los budistas llaman el Camino Central, o lo que los taoístas llaman Tao.

El sendero medio

Este camino central, no se refiere a una política de centro, sino a un sistema equilibrado entre fuerzas opuestas, que sería el reflejo del propio equilibrio individual. Hoy en día el desequilibrio y la crispación son el reflejo del estado actual de la mayoría de los individuos que permanecen en una actitud extremadamente egoíca con respecto al mundo en que se encuentran.

La identidad y la posesión forman parte del dominio del ego. A través del ego nos apegamos a una ideología, a un partido político, a una persona y a nuestras opiniones fragmentadas y distorsionadas. Defendemos nuestra perspectiva y nuestra posición a toda costa. En pocas palabras, la política se ha vinculado inextricablemente al ego, a vivir de los demás. Sin embargo el enfoque taoísta es transformar al ego y que trabajemos con y para los demás.

El ego es esa voz dentro de nosotros que dispara el juicio, el control, la ira, el orgullo e incluso el odio. Es la voz que separa, crea fronteras y enemigos. Una de las herramientas que utiliza es la palabra, y es lamentable que la mayoría de los sistemas políticos saquen a relucir estas cualidades en la gente, en lugar de ensalzar las virtudes del alma humana.

Tal como demuestran los personajes de la novela de George Orwell, Rebelión en la granja, dale a una persona el poder absoluto e inevitablemente se volverá egoísta y controladora, forzando a los demás a que hagan lo que ella quiera. Bajo esta perspectiva, la revolución social de Rebelión en la granja, estaba condenada al fracaso desde un principio, aunque empezó con el establecimiento de un código optimista de tolerancia y libertad: «Ningún animal debe tiranizar a sus semejantes. Débiles o fuertes, listos o ingenuos, todos somos hermanos».

Hacia el cambio

Damos demasiado poder al individuo que promete el cambio. Queremos que esa persona arregle lo que está mal en nuestras vidas para no tener que hacerlo nosotros. Dejamos nuestro poder y nuestra responsabilidad en otras manos. Esta es la misma razón por la que convertimos a los famosos en ídolos y en objeto de todo tipo de obsesiones. Si nos enfocamos en la última ruptura de la prensa rosa o en el último traje que llevó la princesa, no tenemos que pensar en nuestros verdaderos problemas. Es mucho más fácil construir nuestra imagen ideal de otra persona o crear una historia alrededor de él o ella, que asumir la responsabilidad de lo que está sucediendo en nuestras propias vidas. Cuando nos queramos dar cuenta estaremos llenos de indignación.

Nuestro sentido de la posesión y el apego son aspectos del ego. Sólo nuestro ego se aferra a ideas, a expectativas y a lo que pensamos que es nuestra identidad. Tenemos que darnos cuenta de que todo lo que tenemos en esta vida es prestado: nuestro cuerpo, nuestras posesiones materiales, las personas que hay en nuestra vida, nuestros logros, nuestros talentos, todo. Lo que estás leyendo no es mi contenido o mis palabras. Nada de lo que pensamos que es nuestro nos pertenece en realidad. Somos simplemente seres a quienes se nos entregan dones y se nos muestran retos para llegar a conocer nuestra propia sabiduría y alcanzar nuestro máximo potencial que es lo que realmente somos: manifestaciones vivas del Tao. El ego nos dice que tomemos posesión de una identidad determinada que puede tener mucho poder o ninguno, pero ambas son ilusiones.

Solemos colocar a los demás y a nosotros mismos en categorías limitadoras con el propósito de diferenciarlo todo y compararlo todo con relación a unos patrones aprendidos, pero las vidas de las personas no encajan con precisión en compartimentos concretos. Necesitamos llegar a un lugar en el que, aunque nos quitaran todos y cada uno de los dones que se nos han prestado, nos sintiéramos igualmente completos. Tenemos que aceptar y apreciar quiénes somos cuando nos despojamos totalmente de nuestras identidades para así descubrir nuestra verdadera esencia. Cuando nos quitamos las máscaras y todos los condicionamientos conectamos con nuestro ser más profundo y auténtico en total armonía con el Tao.

La posesión también tiende a aparecer en las relaciones con otras personas. Pensamos que amar a las personas -a nuestros hijos, por ejemplo- significa que las poseemos, y que sus vidas nos pertenecen. Pero hay una marcada diferencia entre ocuparse, compartir y cuidar de una persona y poseerla. Ocuparnos de nuestros hijos es nuestra responsabilidad, pero poseerlos es una ilusión creada por el ego que siempre terminará causando dolor y sufrimiento para ellos y para nosotros mismos.

Lo cierto es que las cosas verdaderamente maravillosas sólo ocurren cuando no nos apegamos al resultado. Cuando vivimos el aquí y ahora con plenitud, sin erróneas expectativas que distorsionen el futuro. Desafortunadamente, el ego siente que tiene el derecho a la gratificación. E incluso se puede decir que el ego está obsesionado con la gratificación. Así es como el ego nos encierra en una percepción errónea de nuestra valía personal, si no se consigue la gratificación, aparece el sufrimiento y la frustración.

El objetivo principal de todo esto -porqué estamos nosotros aquí, porqué está el mundo aquí y porqué tenemos el sistema político y los líderes que tenemos- es lograr el cambio. Este es el propósito de la vida. Pero entonces, ¿por qué parece tan difícil cambiar? Sencillamente porque el ego se interpone en el camino.

El ego intentará detenerte antes de que ni siquiera empieces. Quiere controlarlo todo con rutinas, categorías, límites y patrones mentales que terminan convirtiéndonos en auténticos robots. Él no quiere que cambies, pero una vez que vences este primer obstáculo, el cambio empieza a crear su propio impulso. Puede que hoy no veas ningún resultado de tu decisión de cambiar, pero gracias a enseñanzas milenarias como el taoísmo, sí que es posible ver resultados en nuestra forma de pensar, sentir y actuar.

Lo mismo nos ocurre a todos nosotros. Una vez que nos abrimos al cambio, la primera acción crea un apetito por más cambio. Empezamos a querer más y más crecimiento en nuestras vidas, y este deseo está apoyado por una certeza creciente de que podemos cambiar. Y para enfocarse en el cambio sólo hay que dejar atrás el pasado. El crecimiento es evolución.

Autopoiesis

Tenemos que aceptar que la vida es un viaje, un flujo ininterrumpido siempre cambiante, y no dejar que el ego nos atrape en su deseo de resultados inmediatos, o nos encierre en una percepción inflexible de nuestra identidad, sin opción a evolucionar. Cuando aparece una oportunidad de que tu ego reciba un golpe, por muy duro que sea -y créeme, no es fácil de hacer-, simplemente encáralo y sintoniza con tu interior.

La propia sabiduría de la naturaleza es lo que nos saca de nuestra zona de confort para que podamos realizar algún cambio positivo en este mundo. La naturaleza siempre tiende al equilibrio, a reorientarnos al Tao y evolucionar. Hay un término en biología que define este concepto: Autopoiesis.

Poiesis es un término griego que significa creación. Autopoiesis significa auto-creación. Este término define al Tao como dinámica constitutiva de los sistemas vivientes. Para vivir esa dinámica de forma autónoma, los sistemas vivientes necesitan obtener recursos del entorno en el que viven. En otras palabras, son simultáneamente sistemas autónomos y dependientes del medio. Para ello necesitan estar en armonía con el Tao. Pero en el ser humano, el ego influye poderosamente limitando e impidiendo la armonía con el Tao.

Cuando dejamos a un lado nuestro ego, somos capaces de ver soluciones reales porque de repente estamos abiertos a entender lo que no veíamos. Esto nos da el poder de hacer preguntas y de no aceptar las cosas por su apariencia. Tenemos que buscar más profundo para encontrar respuestas «no convencionales» y más creativas que puedan llevarnos a un futuro más acogedor.

«Todas las cosas prosperan,
para luego volver al Origen…
de todo lo que es y de lo que va a ser.»
Tao Te King. XVI

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

 

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